Revisión del T-MEC congela el nearshoring: la inversión en México se enfría justo cuando más la necesitaba

Entre reglas de origen más estrictas, aranceles que no ceden y revisiones anuales que mantienen todo en vilo, el país que se perfilaba como el gran ganador de la relocalización industrial enfrenta su prueba más difícil: demostrar que la cercanía con Estados Unidos basta para atraer capital.

Durante años, México fue el favorito indiscutible de la reconfiguración global de las cadenas de suministro. La apuesta parecía sencilla: si las empresas querían producir cerca de su principal mercado y lejos de las tensiones con Asia, el país vecino era la opción natural. Hoy, ese guión se complica. La revisión del Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (T-MEC) ha introducido una pausa en las decisiones de inversión y obliga a replantear cuánto del entusiasmo inicial era sólido y cuánto dependía de condiciones que ya cambiaron.

T-MEC: el tratado que dejó de ser una garantía

Durante mucho tiempo, el T-MEC funcionó como una especie de póliza de seguro para quien decidía instalar una planta en territorio mexicano: reglas claras, acceso preferencial y estabilidad. Esa certeza se ha desdibujado. El tratado ya no se percibe como un documento cerrado, sino como una conversación permanente cuyo desenlace nadie puede anticipar.

El punto más sensible está en las reglas de origen, en particular las del sector automotriz. La intención de fondo es reducir la presencia de componentes provenientes de terceros mercados, y aunque el texto rara vez lo nombra, el destinatario evidente es China. Para las armadoras y sus proveedores, esto significa revisar de arriba abajo de dónde obtienen cada pieza, con costos que pueden ser considerables y plazos que no siempre coinciden con los de la negociación.

A ello se suman los aranceles que Washington mantiene sobre el acero, el aluminio y los automóviles, que siguen sobre la mesa sin una resolución a la vista. Y como si fuera poco, el mecanismo de revisiones anuales obliga a los tres países a evaluar el acuerdo cada año. En teoría, esto permite ajustes graduales y mejoras oportunas. En la práctica, también significa que las reglas pueden moverse con frecuencia, y para un inversionista que planea a diez o quince años, la previsibilidad vale tanto como el arancel mismo.

El resultado es una paradoja: el tratado que impulsó la relocalización hoy es, para muchos, la principal fuente de dudas. Las empresas no se están yendo, pero muchas están esperando. Y en inversión, esperar suele equivaler a no llegar.

Inversión extranjera directa en México: del entusiasmo a la cautela

El fenómeno del nearshoring prometía plantas nuevas, empleos especializados y un salto en la capacidad exportadora. México respondió con la intención de facilitar el terreno: en 2023 el gobierno publicó un decreto con estímulos fiscales para animar a las empresas a relocalizar operaciones y capturar parte del reacomodo mundial. La estrategia tenía lógica, y los números de comercio la respaldaron, pues el país se mantiene como el principal socio comercial de Estados Unidos y sus exportaciones crecieron alrededor de 45% entre 2024 y 2025.

Sin embargo, vender más no es lo mismo que atraer más capital productivo. Una cosa es que las exportaciones fluyan por las cadenas ya instaladas y otra muy distinta es que lleguen nuevos proyectos con fábricas por construir. Esa segunda parte es la que hoy se frena. Cuando un consejo de administración debe decidir dónde destinar cientos de millones de dólares, la incertidumbre regulatoria pesa más que cualquier incentivo fiscal, por generoso que sea.

La cautela se refleja en un comportamiento muy reconocible: proyectos que se aplazan, ampliaciones que se reducen y decisiones que se reparten entre varios países para no depender de un solo desenlace. Es una forma de cobertura. Si las reglas de origen terminan siendo más estrictas de lo previsto o si los aranceles no se alivian, nadie quiere haber comprometido ya todo su capital.

Hay además un factor menos visible, pero igual de determinante: el talento. Para que la inversión se convierta en desarrollo, se necesitan técnicos, ingenieros y profesionales capaces de operar industrias cada vez más sofisticadas. Aquí surge una responsabilidad compartida entre gobierno, empresas y universidades. Los programas de estudio requieren actualizarse según las necesidades del sector, las instituciones deben estrechar su colaboración con la industria, y el dominio del inglés y la formación internacional ya no pueden tratarse como extras. Sin esa base, cualquier proyecto nuevo corre el riesgo de toparse con un mercado laboral que no alcanza a cubrirlo.

Lo que viene: la geografía no lo es todo

La fragmentación del comercio mundial no es un episodio pasajero, sino el marco en el que se negociará cada acuerdo de aquí en adelante. Las tensiones entre grandes potencias, las secuelas de la pandemia y los conflictos armados han empujado al mundo hacia bloques más cerrados, y Norteamérica es uno de los escenarios donde esa tendencia se ve con mayor claridad.

México tiene a su favor lo que ningún decreto puede crear: la ubicación. Pero la proximidad es un punto de partida, no una garantía. Para que el nearshoring deje de ser una promesa en pausa y vuelva a ser una realidad, el país necesita ofrecer reglas estables, una fuerza laboral calificada y una estrategia que no dependa solo del vecino del norte.

La pregunta de fondo ya no es si la relocalización ocurrirá, sino quién la aprovechará. La geografía puso a México en el lugar correcto; lo que sigue por verse es si el país logra convertir esa ventaja en crecimiento duradero, o si deja que otros ocupen el sitio que le correspondía.

Maria Saucedo
Maria Saucedo
María es una periodista experimentada que combina su formación en letras con una visión estratégica de la logística, creando contenido inspirador e informativo para nuestro blog.

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